Obdulio Varela. El reposo del centrojás. (Lectura en voz alta)

Leyendo el libro “Arqueros, ilusionistas y goleadores” de Osvaldo Soriano, llegué a este reportaje a — en palabras del propio autor — una de las últimas leyendas del fútbol rioplatense: Obdulio Varela.

El texto me resultó tan emocionante que me propuse leerlo en voz alta para poder compartirlo.

Aquí un fragmento del mismo y mis disculpas anticipadas por algunas malas entonaciones que puedan opacar semejante obra.

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Orsai. No quedes fuera de juego…

En febrero de 2010, @licuc me presentó la revista Orsai — cosa que le agradeceré siempre, ésa y muchas más —; a la media hora me interesaba, al otro día me moría por conseguirla, al mes ya era un adepto lector y activo promotor del proyecto.

Podría a partir de aquí contar todo lo que implica este proyecto, pero no cometería tal atrevimiento, siendo que Hernán Casciari — creador del mismo — lo hizo en el pasado TED Río de la Plata, y Youtube nos hizo el favor de alojarlo en sus servidores para que lo disfrutemos.

Hoy en día, el “Gordo” Casciari, sigue soñando. Los antecedentes le permiten ambicionar una nueva utopía. Se propone crear una editorial ideal, donde autores y lectores sean los que pongan las reglas, los que siempre ganen, los que decidan y obtengan lo que quieren.

Para eso precisa 5000 suscriptores de la revista Orsai. “Cinco mil de hispanoamericanos en cuatrocientos millones”, parece una niñería, pero todos sabemos que a los latinos nos cuesta soltar los morlacos, por eso los invito a leer la idea completa aquí (http://orsai.bitacoras.com/2011/12/una-lengua-comun.php) y si les gusta, sumarse a la misma.

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Por qué no quiero tener hijos…

No es que a alguien vaya a importarle, mas a mí me sirve para recordarme algunas de las razones por las que he decidido no traer descendencia a este mundo.

Esta decisión me ha hecho partícipe de variopintas discusiones, algunas muy enriquecedoras y bizarras, otras de lo más estrambóticas y olvidables. Dichas discusiones no han logrado más que enriquecer mi fundamentación — ante mí y los demás — acerca de por qué no quiero tener hijos.

 

☝Somos demasiados — Llegaremos a siete mil millones en 2012. Creo que hemos logrado un record que sólo una ínfima parte de las más de 1 millón 600 mil especies descritas hasta el momento pueda alcanzar. Se me ocurre que tal vez sea hora de darle un poco de espacio a los demás, sería un buen gesto de nuestra parte.

☝El mundo está loco — No coincido con la afirmación de que “antes se vivía mejor”. Una señora Rapanui dijo una vez que era imposible que cocinar en el piso en un lugar donde sólo crecían arbustos fuera mejor que tener una habitación donde hubiese una cocina con encendido eléctrico. ¿Cómo refutar eso? Pero una cosa no quita a la otra; la gente se mata por dos pesos; se enloquece por ganar cada vez más dinero — el cual muchas veces ni puede gastar porque se muere de un infarto gracias al estrés ocasionado por tanto trabajar —; vive con miedo a que los terroristas detonen una bomba o el cambio climático genere un tsunami asesino; y tantos otros hechos que hacen que a pesar de las ventajas que ofrece el mundo actual, me dé vergüenza traer a alguien a vivir aquí sin la posibilidad de preguntarle antes si quiere venir.

☝Soy un egoísta — No estoy dispuesto a dejar determinados proyectos por tener un hijo. Reconozco mi egoísmo en esa decisión, pero estoy orgulloso de eso, de reconocerlo. Creo que tener un hijo es el proyecto más largo que una persona puede intentar — uno se va a morir siendo padre o madre — y probablemente sea el más importante — o debiera serlo. No quiero ser un padre de esos que veo por ahí quejándose de todo lo que tuvo que dejar por “culpa” de sus hijos, o peor que eso, uno de esos que tienen un hijo y creen que pueden seguir con sus vidas como si nada hubiera pasado, total, los pibes se crían solos.

☝Tengo sobrinos y alumnos — Adoro a mis sobrinos, juego con ellos, los mimo, los quiero, me río, los contengo, los consuelo, intento educarlos y ser un buen tío; pero en determinado momento se van con sus padres y yo vuelvo a mi vida. Me divierto con mis alumnos, me transformo en un niño más cuando juego con ellos, también intento educarlos y darles lo mejor de lo poco que tengo; pero en determinado momento, se acaba la clase, ellos se van con su maestra y yo sigo con lo mío. ¿Si esto siempre me alcanzará? No lo sé, pero hace tiempo que dejé de hacer “futurología”, intento vivir y disfrutar de eso.

☝Existen los asilos y las empresas de acompañantes — El argumento de “¿Quién te va a cuidar cuando seas viejo?” siempre me ha parecido el más vil y narcisista de todos. Y no son pocas las veces que lo he oído. Intento estar con mi madre cada vez que lo necesita — por cierto, casi nunca ocurre que me necesite — y lo hago con gusto, pero sé que esa no fue la razón por la que me trajo, es sólo una consecuencia de ese hecho. Que esa sea una razón para tener un hijo, me parece lamentable y poco inteligente, pagar un servicio de acompañantes sale mucho más barato.

Estas son sólo algunas de mis razones, tal vez las más significativas. ¿Si son suficientes? ¿Si podría esgrimir más? Tal vez sí, pero a mi forma de verlo, estas cinco son más que suficientes.

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“Rock Down”

Leyendo el libro “Frutos Extraños” de Leila Guerriero, encontré esta fantástica crónica sobre este fantástico grupo llamado “Reynols“.

Tan increíble me pareció la historia, y tan bien escrita está, que no pude resistirme a leerla en voz alta.

Desde ya, pido disculpas a la autora por estropear tan perfecta obra, mas sentí que tenía que ser divulgada por un canal más.

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Niños regalados…

Ayer fui a un cumpleaños. 7 años, niña, 35 niños y 25 adultos, clase media – alta, salón de fiestas muy bien armado… al final, una bolsa de esas de echar desperdicios, de las enormes, llena a reventar de regalos. 10 juegos de mesa, 3 juegos para hacer collares, 1 juego para hacer apliques de ropa, 4 muñecos, 2 carteras, 2 pares de zapatos, 1 fin de semana de vacaciones, etcétera, etcétera.

Una semana atrás, fue el día del niño aquí, precisamente el domingo. Como muchos de ustedes saben, trabajo con niños, y el lunes siguiente intenté hacer un sondeo acerca de los regalos que habían recibido.

El muestreo incluía niñas y varones de clase media, media – alta, de entre 6 y 12 años. Dada la naturaleza simplemente curiosa del “estudio”, no tomé notas ni armé estadísticas, simplemente me valí de mi frágil memoria.

Nintendos Wii y Xbox, Sony Playstations 2 y 3, DVD players, televisores, equipos de audio, dinero, mucho dinero en efectivo, 2 libros y 4 Blackberrys, sí, como lo oyen, 4 Blackberrys, cuyos orgullosos dueños eran niños de menos de 10 años. Esto es una parte de la descripción que recibí cuando pregunté “De todos los regalos que recibieron ¿cuál fue el que más les gustó?”.

Sigo pensando e intentando entender. ¿Qué nos pasa?

No voy a ponerme en plan “retro” y decir que los tiempos pasados fueron mejores, mas hay algo que creo que se nos está escapando. ¿En la cabeza de qué persona cabe que un niño de 8 años pueda precisar un Blackberry? O sea, tal vez yo esté equivocado, pero identifico dicho teléfono como la marca registrada del ejecutivo de negocios, del abogado, del empresario. ¿Qué puede hacer un niño con ese artefacto? ¿Acaso mejorar su performance cuando juegue “Monopolio”?

En estos tiempos de niños que materialmente hablando “tienen todo”, debí decidir que regalarle a mi sobrina en su cumpleaños. Siempre le regalo libros — considero que es un regalo que nunca está de más para nadie — mas ya le había dado uno para el día del niño. Una amiga me sugirió “Regálale una experiencia”.

Esos niños que todo lo tienen, están faltos de vivenciar, de experimentar, de sentir, de valorar, de emocionarse, de oler, de degustar, de observar, de detenerse.

El ritmo demencial que tiene nuestro mundo de adultos, poco a poco ha ido tomando el de los niños, y eso es culpa nuestra. Los sacamos corriendo de la cama para que desayunen volando, se suban al auto y entren a la carrera al colegio porque están llegando tarde. En el salón de clase tienen que aprender todo lo más rápido posible porque la maestra no tiene tiempo para enseñarles todo lo que el programa oficial le pide más todo lo que la familia no puede transmitirle porque prácticamente no existe como tal. Terminan la clase y van corriendo a lavarse las manos porque llegan tarde al comedor donde en treinta minutos deben almorzar, charlar con sus compañeros e higienizarse para poder estar listos para volver a sus clases de la tarde donde se les introducirán más conocimientos y valores para que aprendan poco a poco a ser adultitos estresados. Esperan a la salida del colegio con dos mochilas y un “porta — almuerzo”  a sus padres que llegan raudamente en sus modernos autos, los meten en los asientos traseros y con suerte preguntan “¿Qué hiciste hoy?” mientras piensan en lo mal que está yendo ese negocio que les tendría que hacer pagar esa máquina que tanto los hace avanzar con sólo presionar un pedal con su pie. Ya en sus casas meriendan algún snack y se ponen a jugar un videojuego hasta que escuchan por enésima vez el grito que dice “Si no dejas eso y te pones a hacer la tarea te lo voy a tirar a la basura.”, cumplen con el mandato, cenan comida rápida, se bañan y se acuestan para estar “frescos” para comenzar un nuevo y rozagante día de su feliz infancia.

Escribo este párrafo kilométrico y comienzo a entender por qué un niño de 8 años puede llegar a precisar un Blackberry…

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Distraídos…

Hace tiempo me trae preocupado el percibir que las personas están viviendo sus vidas de manera distraída.

Sin ánimo de menospreciar, he de decir que creo que la mayoría de la gente vive de este modo.

La que he decidido denominar “gente”, ha decidido que pasar por la vida confundiendo costumbre con felicidad (como bien dijo Tchaikovsky).

No sería capaz de juzgarlos, no me siento con la suficiente autoridad. De hecho ni siquiera me creo capaz de afirmar que lo que pienso sea más verdad que el anhelo de alguien que vive pensando en cambiar el auto y comprar la casa. Si lo hace feliz, allá él; yo no quiero eso para mí.

Entonces el tema se resume a cómo conseguir tiempo para poder apreciar las cosas de la vida, que a uno le parecen importantes, sin dejar de lado las que no queremos dejar de hacer.

A menos que nos saquemos una lotería, trabajar es un mal necesario. El dinero nos ayuda a conseguir cosas que nos gustan. Me gusta beber un buen vino, me gusta viajar, me gusta tener una computadora — donde escribir cosas como esta —, me gusta comer buena comida, me gusta tomar fotos — y con una buena cámara —, me gusta leer libros y un montón de otras cosas que el dinero me puede comprar.

El dinero es ese medio por el cual consigo cosas que me gustan, pero nunca he sentido — y espero nunca sentirlo — placer por tener dinero. O sea, el dinero como un fin en si mismo, me parece inútil — primera premisa.

Mi segunda premisa trata acerca del trabajo; es necesario trabajar para vivir, no vivir para trabajar. Obviamente, ésta viene enganchada con la primera, pues alguien que esté obsesionado con poseer dinero, seguro vivirá para su trabajo, el cual pasará también a ser su martirio diario.

Por otro lado, hay cosas que desde mi punto de vista hacen que la vida sea digna de ser vivida, que poco tienen que ver con el dinero. Sentarse a ver las olas mientras se oye cómo rompen; encontrarse con un amigo y charlar de la vida mientras se toman unos mates — o la bebida que ustedes elijan —; observar cualquier cosa que a uno le parezca interesante; leer; oír música; escalar; correr; caminar; y un sin fin de etcéteras que seguramente aburrirían a más de uno.

En fin, me siguiendo con el hilo, la cosa era la “distracción”; le llamo distracción a la incapacidad de la gente de disfrutar de las pequeñas cosas que hacen a la vida.

Todos los días veo gente con hijos que sólo los ve en la noche, cuando todos llegan a casa, les pega un par de gritos para que coman y hagan la tarea y los manda a dormir. Mas seguramente no falte la consola de juegos en el árbol de Navidad en esa familia, o las vacaciones “en familia” en el lugar de moda.

Gente que vive sola y se aburre en su casa; gente que corre del trabajo al gimnasio, del gimnasio al pub, del pub a su casa, de su casa al trabajo; gente que cambia de auto todos los años, pero nunca usa el auto más que para ir a trabajar o a las fiestas donde sus amigos puedan verlo; etcétera; etcétera, etcétera.

Podría seguir enumerando muchos casos de “distracción”, pero creo que la imagen está clara. No quiero hacerme el superado, ni nada que se le parezca, me reconozco distraído a veces, mas creo que notarlo es un comienzo.

No voy tampoco a dar consejos acerca de cómo salir de la distracción, cada uno sabrá que camino recorrer — si es que quiere hacerlo — pero creo que parar a mirarse un rato y preguntarse si realmente uno está siendo feliz, es algo que a cualquiera que quiera ser una persona, se hace bastante necesario.

¿Y vos estás distraído?

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Qué hacer cuando alguien tiene un hijo?

Dado que he decidido no tener hijos, asumo que no estaré en la situación de llegar a mi casa con un niño recién nacido — no se puede escupir nunca hacia arriba, pero para este post me ubicaré desde una posición de observador externo.

Cuando una pareja tiene un hijo — deseado — su condición exultante puede llegar a confundir a la gente que los rodea. La alegría es contagiosa y paradójicamente una posible consecuencia de dicho sentimiento es la pérdida de la capacidad de empatizar — si es que el afectado alguna vez la tuvo.

Todos quieren ver al niño; todos quieren tocarlo; todos quieren fotografiarlo; saber cómo está la madre; verle la sonrisa de idiota al padre; conocer cuánto pesó; llevarle el hermoso babero que han comprado de regalo y un montón de razones que justificarían per se  una visita a la familia bendecida.

Pues les tengo noticias; dicha familia, a pesar de su alegría, está en crisis, y lo que menos necesita es sumar elementos a esta encrucijada.

Los nuevos padres — léase que digo “nuevos” y no primerizos, siempre se es bisoño cuando llega un niño más a este mundo — están intentando adaptarse a su flamante realidad; la de no dormir bien; la de estar pendientes de cada respiración de su hijo; la de acomodar sus horarios a los del recién llegado; y no menos importante, la de no haber tenido sexo en días y saber que posiblemente no lo tendrán por un largo tiempo más. Y qué decir del niño; quien ha salido de un ambiente mansalva, a un lugar donde debe luchar todo el tiempo para sobrevivir.

Entonces volvamos a la pregunta que titula el post.

¿Qué hacer cuando alguien tiene un hijo?

Yo recomiendo alegrarse, mandar buenas vibraciones, tal vez hacer una llamadita o mandar un mensaje de texto y hasta organizar una fiesta entre todos quienes sean allegados a la familia — si eso ayuda a compensar la ansiedad de la turba — pero nunca, bajo ningún concepto, ir a conocer al niñito antes de pasada una semana de la salida del sanatorio.

Si luego de haber leído este post duda de mis habilidades sociales, lo invito a que haga el ejercicio de dejar de observar su ombligo e intente ponerse en el lugar de cualquiera de los protagonistas del hecho; tanto padres como niño; verá que no soy tan desconsiderado como parezco…

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