Niños regalados…

Ayer fui a un cumpleaños. 7 años, niña, 35 niños y 25 adultos, clase media – alta, salón de fiestas muy bien armado… al final, una bolsa de esas de echar desperdicios, de las enormes, llena a reventar de regalos. 10 juegos de mesa, 3 juegos para hacer collares, 1 juego para hacer apliques de ropa, 4 muñecos, 2 carteras, 2 pares de zapatos, 1 fin de semana de vacaciones, etcétera, etcétera.

Una semana atrás, fue el día del niño aquí, precisamente el domingo. Como muchos de ustedes saben, trabajo con niños, y el lunes siguiente intenté hacer un sondeo acerca de los regalos que habían recibido.

El muestreo incluía niñas y varones de clase media, media – alta, de entre 6 y 12 años. Dada la naturaleza simplemente curiosa del “estudio”, no tomé notas ni armé estadísticas, simplemente me valí de mi frágil memoria.

Nintendos Wii y Xbox, Sony Playstations 2 y 3, DVD players, televisores, equipos de audio, dinero, mucho dinero en efectivo, 2 libros y 4 Blackberrys, sí, como lo oyen, 4 Blackberrys, cuyos orgullosos dueños eran niños de menos de 10 años. Esto es una parte de la descripción que recibí cuando pregunté “De todos los regalos que recibieron ¿cuál fue el que más les gustó?”.

Sigo pensando e intentando entender. ¿Qué nos pasa?

No voy a ponerme en plan “retro” y decir que los tiempos pasados fueron mejores, mas hay algo que creo que se nos está escapando. ¿En la cabeza de qué persona cabe que un niño de 8 años pueda precisar un Blackberry? O sea, tal vez yo esté equivocado, pero identifico dicho teléfono como la marca registrada del ejecutivo de negocios, del abogado, del empresario. ¿Qué puede hacer un niño con ese artefacto? ¿Acaso mejorar su performance cuando juegue “Monopolio”?

En estos tiempos de niños que materialmente hablando “tienen todo”, debí decidir que regalarle a mi sobrina en su cumpleaños. Siempre le regalo libros — considero que es un regalo que nunca está de más para nadie — mas ya le había dado uno para el día del niño. Una amiga me sugirió “Regálale una experiencia”.

Esos niños que todo lo tienen, están faltos de vivenciar, de experimentar, de sentir, de valorar, de emocionarse, de oler, de degustar, de observar, de detenerse.

El ritmo demencial que tiene nuestro mundo de adultos, poco a poco ha ido tomando el de los niños, y eso es culpa nuestra. Los sacamos corriendo de la cama para que desayunen volando, se suban al auto y entren a la carrera al colegio porque están llegando tarde. En el salón de clase tienen que aprender todo lo más rápido posible porque la maestra no tiene tiempo para enseñarles todo lo que el programa oficial le pide más todo lo que la familia no puede transmitirle porque prácticamente no existe como tal. Terminan la clase y van corriendo a lavarse las manos porque llegan tarde al comedor donde en treinta minutos deben almorzar, charlar con sus compañeros e higienizarse para poder estar listos para volver a sus clases de la tarde donde se les introducirán más conocimientos y valores para que aprendan poco a poco a ser adultitos estresados. Esperan a la salida del colegio con dos mochilas y un “porta — almuerzo”  a sus padres que llegan raudamente en sus modernos autos, los meten en los asientos traseros y con suerte preguntan “¿Qué hiciste hoy?” mientras piensan en lo mal que está yendo ese negocio que les tendría que hacer pagar esa máquina que tanto los hace avanzar con sólo presionar un pedal con su pie. Ya en sus casas meriendan algún snack y se ponen a jugar un videojuego hasta que escuchan por enésima vez el grito que dice “Si no dejas eso y te pones a hacer la tarea te lo voy a tirar a la basura.”, cumplen con el mandato, cenan comida rápida, se bañan y se acuestan para estar “frescos” para comenzar un nuevo y rozagante día de su feliz infancia.

Escribo este párrafo kilométrico y comienzo a entender por qué un niño de 8 años puede llegar a precisar un Blackberry…

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