Pensamientos sobre Santa Maria…

En 2013 escribí esto y no sé si por respeto, si por delicadeza, si por miedo, lo dejé como borrador. Hoy entré luego de más de un año al blog, leí el texto, y decidí que a pesar del pasar del tiempo no había razón para no publicarlo.

A veces las acciones de las personas son atemporales…

[21/02/2013]

Hace unos días atrás la ciudad donde vivo fue protagonista de una de las mayores tragedias que ha vivido Brasil. Doscientas treinta y ocho personas fallecieron, más de ciento ochenta están hospitalizadas (de las cuales ochenta y cinco fueron a terapia intensiva) y miles se vieron afectados de una forma u otra. ¿La razón? El incendio de una discoteca asociado a un montón de neglicencias de varias de las partes involucradas.

Pero no es de las negligencias ni de las responsabilidades de lo que me interesa escribir aquí. Dejemos eso para los noticieros y los periódicos, los cuales llenarán páginas y páginas buscando culpables, creando teorías macabras y alimentando el morbo de sus lectores con cada palabra o foto. Hoy quiero escribir sobre algunas cosas que pude percibir en esos días.

Escapar para volver a entrar

Escuchar sobre los bomberos y policías que murieron salvando gente en las torres gemelas en Nueva York me provocó en su momento un sentimiento de admiración mezclado con pena, pero eso había pasado a miles de kilómetros de donde me encontraba ese día.

Esta vez estuve a unas cuadras de donde habían fallecido personas a las que tal vez hasta me hubiese cruzado en algún momento.

El incendio y la expansión de gases tóxicos dentro de la discoteca fue cosa de minutos. La gente salió como pudo. Escapar de un peligro mortal es un reflejo que nos recuerda que somos animales. Pero hubo gente que decidió que no solo iba a actuar por reflejo, tuvo la capacidad de pensar y actuar acorde a lo que creyó necesario en ese momento (esto no es un juicio de valor, no se mal entienda, simplemente unos actúan de una forma y otros de otra).

Personas que apenas salieron, volvieron a entrar para ayudar a otras a salir (una de ellas no volvió a salir cuando luego de sacar a catorce entró a ayudar al número quince); personas que tomaron macetas de los bomberos y comenzaron a destrozar las paredes para permitir la salida del humo; personas que tomaban oxígeno de los tanques de bomberos para poder volver a enfrentarse al humo (tóxico) y poder seguir ayudando, en fin, personas que ayudaban, como podían.

Mirones? No vi. Ni ese día, ni al siguiente.

Lamentar pero mientras se actúa

Un evento de estas características genera una angustia muy grande. A pesar de no conocer a ninguna de las víctimas pude sentirlo en carne propia, un nudo se formó en mi interior y aún presiona cuando pienso o veo alguna imagen de la tragedia.

El tema es que puedes lamentarte y quedarte sentado, o puedes lamentarte y salir a hacer algo. Los santamarienses optaron por la segunda opción. La gente salió a las calles a medida que se enteró y buscó lugares donde poder ser útil. Saturaron los locales de donación de sangre; voluntariaron como enfermeros, psicólogos, médicos, o lo que fuera necesario; llevaron alimentos, agua, etc. a los hospitales y lugares donde faltaban. En fin, actuaron.

Eso no solo ayudó a quien lo necesitaba, sino que hizo que las personas que estaban sufriendo por lo que había pasado, se sintieran útiles y por tanto más aliviadas.

No solo ayudando se ayuda

Al día siguiente de la tragedia la ciudad estaba desorientada. Nadie sabía qué hacer, nadie sabía de qué hablar, nadie sabía si salir o no de su casa. Reinaba un sosiego caótico en las calles.

Pero la gente debía vivir y así sucedió. Algunos comercios permanecieron cerrados y colocaron carteles explicando que lo hacían en solidaridad con los afectados. Los que abrieron lo hicieron colocando faldones negros en sus fachadas o vistiendo de negro a sus empleados.

En las redes sociales surgieron dos ideas de realizar marchas recordatorias de los fallecidos. Una de los familiares y otra de los estudiantes (Santa Maria es una ciudad universitaria y las víctimas eran casi todos estudiantes). Al rato decidieron juntarlas y esa noche más de treinta y cinco mil personas caminaron vestidas de blanco por las calles de la ciudad.

Pienso que esta marcha fue el cierre de una serie de acciones “del día siguiente” que ayudaron a comenzar un período “caer” en lo que había pasado.

Las familias habían enterrado a sus parientes, los heridos habían sido hospitalizados, y a pesar de que mucho faltaba por hacer, comenzamos a encontrarnos frente a frente con nosotros mismos intentando reflexionar sobre lo que aquello significaba o nos provocaba.

El tiempo no para

Han pasado ya varios días y la ciudad comienza a volver a su rutina. Esto no quiere decir que las personas vayan a olvidarse ni nada que se le parezca, de hecho hoy ocurre otro evento recordatorio para el que se esperan 50.000 personas (Santa Maria tiene 265.000 habitantes aproximadamente), pero pareciera que una especie de “normalidad” está retornando.

Ayer caminábamos en la noche por una de las principales avenidas y pasamos al lado de un muchacho que estaba acostado en la calle en el frente de un comercio cerrado. Daba la impresión de que había bebido bastante. Delante nuestro venía un hombre que se detuvo y le preguntó si estaba bien. Seguimos caminando y a la media cuadra miramos para ver qué había pasado. El segundo hombre se había sentado al lado del primero y estaban hablando.

Elegimos pensar que tal vez estuviera ofreciéndole apoyo a alguien que ahogaba su sufrimiento en alcohol.

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De la necesidad de compartir…

Una de las cosas que me gusta de escribir aquí es que no tengo que justificar lo que digo. No debo preocuparme por buscar autores que me respalden, buscar una forma políticamente correcta de decir lo que pienso o siquiera importarme con si a alguien va a interesarle lo escrito, simplemente escribo.

Hoy mientras lavaba los trastos en un pie debido al esguince que me aqueja en estos momentos, pensaba que contar cómo me sentía tal vez me levantara el ánimo. ¿Mas cuál es la razón por la que hoy en día compartir nuestro diario vivir se vuelve algo cada vez más común? Si no fuera así, las redes sociales no tendrían el éxito que tienen, de hecho no existirían y seguiríamos hablando con nuestra pareja, o con nuestros amigos por teléfono, o con la vecina de al lado mientras barriésemos la vereda.

No sé cuál será la razón o si fueron primero las redes sociales y luego la necesidad o viceversa, mas algunas ideas locas pasaron por mi cabeza:

  • Hay cada vez más gente sola: Es casi un hecho que en el mundo de hoy los solos y las solas son cada vez más. No veo eso como un problema, sobre todo cuando se trata de una elección propia y consciente, mas muchas veces quien elige no está consciente de lo que ello significa o simplemente la persona no elige sino que se queda sola. Lidiar con ese tipo de soledad puede no ser fácil y crear un mundo de relaciones virtuales se transforma en una solución sencilla y rápida.
  • Nos encanta el morbo: Conozco unas cuantas personas que “ofrecen” su amistad en Facebook a otros sólo para poder enterarse de lo infelices que son, o para ver lo feo/a que es su novio/a, o simplemente para burlarse de lo ridículas que son sus publicaciones y así sentirse superiores. Somos bastante deleznables en dicho sentido y casi me animaría a asegurar que la tendencia es in crescendo.
  • La estupidez es mainstream: Si esto no fuese así, programas como ShowMatch o La señorita Laura no serían éxitos de TV, tampoco existirían algunos “famosos” de las redes sociales que hacen “humor” o cuentan chismes y la caída de Edgard no tendría más de 34 millones de visitas. ¿Qué tiene que ver esto con compartir? Sencillo, debe haber pocas cosas más populares en Facebook que la foto de un amigo en su peor borrachera. Tanto es así que la gente misma comparte ese tipo de fotos, no hace falta que el imbécil de tu amigote publique y etiquete la instantánea que te sacó con su celular, sino que tú, el protagonista mismo del ridículo espectáculo lo harás y puede que lo uses como foto de perfil.

He tenido la suerte de escapar de las dos últimas y de sufrir la primera únicamente hasta que noté que me gustaba mi soledad. Mas cada tanto me pongo a pensar en cuánto comparto con el manojo de extraños que forman parte de mis redes sociales y confieso que me da una sensación que se mixtura entre el miedo y la vergüenza.

Luego escribo algo como esto y presiono el botón “Compartir”.

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Corrección: Tampoco escapo de la última, vi “La caída de Edgard” y muchas de sus versiones y me reí bastante. Gracias Jabón por hacer que repiense mis escritos.

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Encierro…

Cerramos la ventana y salimos de la casa. Pasamos llave a las dos cerraduras de la puerta y luego cerramos la reja. Pasamos llave a las dos cerraduras que ésta última también posee.

Subimos al auto cuyos vidrios están polarizados.  Accionamos el seguro central de puertas y mantenemos las ventanas cerradas. Encendemos el aire acondicionado.

Llegamos al shopping center donde un guardia nos da un ticket con nuestro horario de entrada al estacionamiento techado. Buscamos un lugar cerca de la puerta de acceso y entramos.

Caminamos bajo un techo de luces artificiales pisando un suelo que brilla cual si también estuviera encendido. Deseamos objetos e ideas que se nos ofrecen a través de relucientes cristales, intocables, inmaculados. Entramos en un cubículo de vidrio y madera compensada donde el aire es apenas más fresco que en el pasillo. Todo resplandece, todo está en orden, todo parece nuevo.

Consumamos alguno de nuestros deseos. Señalamos el objeto añorado y un ser anónimo desaparece tras una puerta para volver con una bolsa que a través de su transparencia deja ver otro objeto idéntico al señalado. Pagamos sin dinero para obtener lo que queremos. Adquirimos el compromiso de pagar en el futuro lo prometido en dicho presente. No firmamos, digitamos números.

Recibimos una bolsa de cartón perfumado, la cual es entregada por otro ser anónimo que sonríe deseándonos un buen día con voz de contestador automático. Confiamos en el extraño y salimos de ese ambiente climatizado hacia aquel desde el que vinimos.

Sentimos el cambio de temperatura, una leve brisa más caliente nos recuerda que para estar en ese pasillo no hay por qué tener dinero para gastar. Nuestra bolsa de cartón nos diferencia, le muestra a la masa que camina sin rumbo fijo que nosotros sí podemos, que sí tenemos.

Volvemos al estacionamiento. ¿Cuándo pondrán aire acondicionado también allí? El cambio de temperatura es casi insoportable, nos abruma. El exterior incontrolable, incontrolado.

Oprimimos un botón y la salvación se anuncia, la alarma antirrobos se desactiva, los seguros se levantan, las luces parpadean para avisarnos que estamos autorizados a entrar. Colocamos la llave en su lugar y la giramos. Junto con el leve zumbido del motor, una también leve brisa fresca nos abraza. El caos ha sido dominado, el aire es limpio y fresco, huele a lavanda, los seguros de las puertas se traban automáticamente.

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Hablar en “políticamente correcto”…

Esto es lo de hoy, no se puede decir “negro”, ni “puto”, ni “mongólico”, ni “pobre”, ni ninguna palabra que nuestra sociedad cada vez más aséptica y de buenas costumbres considere políticamente incorrecta.

Hace tiempo vengo pensando en esto y para bien o para mal he tomado una decisión, yo digo negro si quiero describir a un afro-descendiente, digo puto si quiero hacer un chiste sobre un tipo gay, no digo mongólico porque no me gusta como suena la palabra (fonéticamente hablando), pero puedo decirle retardado a alguien que es un idiota más allá de que su test de IQ le haya dado por encima de cien.

¿Por qué hago esto?

Pues por el simple hecho de que intento vivir respetando una ética que considero correcta. Esto quiere decir que practico una serie de acciones – las cuales no voy a enumerar porque a nadie le interesan – que me permiten analizar y cuestionar mis actos como ser social y poder hablar de esa forma sabiendo que no lo digo ofensivamente y soy capaz de medir mis expresiones con el fin de intentar no herir a nadie.

Lo que quiero decir es que me parece que como sociedad nos preocupamos cada vez más de cómo nos expresamos, mas no nos importa si lo que decimos es congruente con nuestro accionar. Me aburro de ver gente que te corrige si decís “con capacidades diferentes” y nunca en su vida le dio un abrazo a un niño con síndrome de Down.

En fin, tal vez el hablar en “políticamente correcto” sea una característica más de este mundo que construimos día a día, un mundo en el que los negros siguen siendo los más pobres y abandonados a su suerte, donde los homosexuales aún son tildados de enfermos por muchos, donde los padres se quejan si una escuela incluye a un niño con capacidades diferentes en su clase de hijos “normales”, un mundo donde se habla cada vez más correctamente y se actúa más como idiota.

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Escribiendo porque sí…

Hace tiempo que no andaba por aquí, hoy me dieron ganas de escribir y recordé que tengo dónde hacerlo. Entonces vine y comencé a teclear lo que se me ocurría en el momento, intentando no pensar demasiado. De hecho, en este momento se me acaba de ocurrir hacer este ejercicio, escribir, sin pensar, que lo que salga, salga. Sin volver atrás nada más que para corregir alguna falta de ortografía, pero nada de lo que escriba será borrado porque no cuadre, de hecho, no tiene por qué.

Entonces sobre qué escribir, temas me sobran, ideas no sé. ¿Qué me motiva más en este preciso instante? Acabo de recibir la noticia de que la mamá de una amiga se murió, hace poco escribí sobre la muerte, no lo haré de nuevo, otro día les traeré ese texto. Hace unos minutos terminé de corregir un texto sobre el poder, el poder no de poder hacer algo, el poder de tener la sartén por el mango, pero ese texto es académico, quiero salir de la academia por un rato. ¿Y que tal si escribo sobre escribir? ¿Seré un atrevido? Posiblemente, pero de atrevidos está lleno este mundo, y la mayoría de las veces nadie les “para el carro”, por lo tanto podría tomarme esa licencia.

No sé escribir. O sea, no sé escribir según los cánones que dicen lo que debe hacer alguien que se diga escritor, pero hace poco leí un texto sobre Joseph Jacotot, un profesor francés que logró que sus alumnos holandeses aprendieran francés dándoles un texto escrito en ese idioma y pidiéndoles que escribieran sobre él. No les pidió que aprendieran francés, pero los tipos lo aprendieron, leyendo, deduciendo, experimentando. ¿Será que uno puede aprender a  escribir así? ¿Será que se aprende a escribir?

Creo que sí, que se puede aprender, pero tal vez la pregunta sería si es necesario aprender. O sea, cuando estoy escribiendo esto espero que al menos un persona lo lea, pero la razón básica por la cual lo escribo es porque quiero, porque me dieron ganas, por tanto si alguien llega hasta aquí, si acabó de leer esto, yo, que no sé escribir, logré mi objetivo, sin aprender. ¿O habré aprendido?

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Ciudades limpias…

Lo primero que me llama la atención cuando visito una ciudad es su estado de limpieza. Siempre las encuentro más limpias que mi natal Montevideo. La única que ha logrado igualar el nivel de suciedad de esta última ha sido Buenos Aires — y tal vez alguna otra ciudad de frontera.

Mi conclusión — totalmente empírica — es que los rioplatenses somos unos sucios.

Parque lineal en Santa Maria

Hoy el destino me ha llevado a Santa María en Río Grande do Sul, Brasil. Una ciudad de 270.000 habitantes en medio del estado más sureño del denominado país norteño.

Hace 5 días que estoy aquí y he tenido oportunidad de caminar bastante, creo que así es como uno conoce una ciudad, caminándola. La limpieza es increíble — otra vez.

Esta mañana escuché en una entrevista a Julio Bocca, quien firmó contrato hasta 2015 con el SODRE, diciendo que a Montevideo la veía sucia, y diciendo también que eso no era sólo culpa de la intendencia, sino culpa de la gente.

¿Por qué nos cuesta tanto guardar un papel en el bolsillo hasta llegar a nuestras casas? Obviamente estoy hablando en genérico, sé que la mayoría de quienes estén leyendo esto sí lo guardan en lugar de tirarlo en la calle, pero es una realidad que nos cuesta.

Podemos poner las excusas que queramos, que la intendencia no pone suficientes recipientes, que no tenía donde guardarlo, que igual todo el mundo tira, que es biodegradable, etc., pero lo cierto es que la basura que generamos también es nuestra propiedad, por tanto somos dueños y responsables de la misma.

Para cerrar y no dejar una nota tan negativa en este texto, aclaro que digo esto porque Uruguay me parece un excelente país para vivir. Hace unos años me fui y volví quemado de él, lo odié, pero con el pasar del tiempo me di cuenta de que en realidad es un lindo país, tranquilo, con lugares hermosos, un clima no tan jodido, donde se puede vivir sin miedo — a pesar de lo que diga canal 4 — y unos cuantos beneficios más.

Lo único que hay que tener a mano son unos cuantos dólares para escaparse cuando la uruguayez nos comienza a afectar el cerebro, hacer una salida al mundo real, dejar Hobbiton por unos días y volver renovado, pero Uruguay es un muy buen país y por eso me molesta que no sepamos cuidarlo.

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Sin teléfono celular…

Conozco una persona adulta — y activa — que no usa teléfono celular. Una sola persona.

También conozco muchísimas personas que no pueden vivir un minuto sin él. No hay aviso antes de comenzar la película en el cine, ni noche romántica con la más bella mujer, que les convenza de que pueden apagar — o simplemente silenciar — su teléfono por unas horas.

Por último también conozco niños que usan celular, mas no cualquier celular, conozco niños de siete años que usan BlackBerry®. No tengo la más pálida idea de para qué, pero ellos lo atesoran con orgullo.

Hace un tiempo me puse a pensar cómo se arreglaba la gente antes de que estos maravillosos y esclavizantes aparatitos se transformaran en una especie de extremidad de nuestros cuerpos.

¿Por qué de repente comenzó a ser tan importante estar “comunicado” en todas partes? ¿Por qué es necesario ser “ubicable” a cada momento? ¿Por qué tanta gente debe saber nuestro teléfono? Al punto de que en algunos casos es necesario poseer más de uno de estos dispositivos.

Cuando mi padre y yo nos íbamos al campo, no había luz más que de farol, ni agua más que de aljibe. De teléfono ni hablar. Todas las mañanas se oían las noticias en la radio, y parte de las noticias en la frecuencia AM eran las “Necrológicas”.

Un día mi padre oyó un nombre muy familiar, idéntico al nombre de mi abuela. Me dijo que armara el bolso, que nos íbamos a volver unos días antes — no aclaró por qué y yo no lo pregunté, mi padre me decía que nos íbamos, alcanzaba.

Cuando estábamos prontos para salir, asomó un hombre a caballo en el cerro que delimitaba nuestro horizonte. El jinete traía la noticia de la muerte de mi abuela, desde una estancia que quedaba a unos cinco kilómetros, la cual tenía teléfono de línea.

Llegamos al velorio y entierro de mi querida abuela. Yo me quedé pensando que me había ido sin darle un beso cuando habíamos salido hacia el campo. Ella se encontraba durmiendo en aquel momento.

¿Hubiese cambiado algo que este hecho sucediera en la era de los celulares?

Cómodo, útil, molesto, divertido, imprescindible, innecesario, caro, barato, ostentoso, irrespetuoso, invaluable, superfluo, y tantos otros adjetivos que pueden llegar a describir este aparato, no logran conciliar una opinión unánime sobre el mismo.

Tener un teléfono celular ya casi no es una opción, cómo usarlo sigue siendo parte de nuestro libre albedrío.

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